Marina
Marina era una mujer elegante. No había cumplido los cuarenta y aunque su rostro no lo negaba todavía brillaba en su mirada un aire inocente. Su pelo era dorado, de esos que llaman indomables, le alcanzaba hasta los hombros aunque casi siempre lo lucía recogido. Su tez permanecía morena la totalidad del año y se veía bien cuidada. Sus labios, excesivamente finos comenzaban a mostrar ya algunas arrugas por las comisuras, producidas, posiblemente por esa sonrisa tímida y temerosa que le caracterizaba. Sus ojos eran claros, yo diría que entre verdes y color miel, miraban con entusiasmo sin ocultar la tristeza de haber desperdiciado otra época mejor. Era alta, y aunque el paso de los años ya hacía mella en sus caderas lo disimulaba a la perfección vistiendo faldas de divertidos colores y sandalias con cierres imposibles.
Hablé muy poco con ella, pero crucé miradas demasiado locuaces como para no ser capaz de entrever lo que pasaba por su cabeza. Posiblemente, en algún tiempo pasado fuera la chica más deseada de su promoción, de esas que por convertirse en mito se vuelven inalcanzables para el más común de los mortales. De esas que por vergüenza nunca son invitadas a bailar y su belleza se convierte en su tristeza, mujeres que pasan desapercibidas por exceso y no por ningún defecto, aunque el resultado siempre sea el mismo.
Su vida transcurría de forma monótona, entre semana desempeñaba de forma responsable su trabajo. El día empezaba con júbilo, pero cuando se acercaba la hora de finalizar, el hecho de volver de nuevo a casa de sus padres y enfrentarse a sus fantasmas le atormenta por momentos. Con su sueldo se permitía eventuales caprichos, como ir de compras, adquirir algún best seller o un disco compacto de los que más suenan en la radio. Con el resto del sueldo afrontaba el pago de la hipoteca de un piso, el cual nunca pisaba porque confesaba encontrarse sola en él. Los fines de semana los dedicaba a sus amigas, la mayoría casadas. Quedaban para tomar café y contarse los pormenores de la semana, aunque siempre terminaban hablando de los sinsabores del matrimonio. Los sábados por la noche, salía a divertirse con las únicas dos amigas separadas que tenía. Solían cenar en sitios caros, con glamour, esperando que algún divorciado adinerado le hiciera protagonista aunque fuera por una sola noche del sueño que siempre anheló.
Así es Marina, viviendo su vida como aquel que vio su tren escapar y no sabe cómo alcanzar su destino. Como aquella princesa de aquel cuento, que entró en letargo por culpa del veneno escondido en su propia belleza y que ningún príncipe se atrevió a despertar.
Hablé muy poco con ella, pero crucé miradas demasiado locuaces como para no ser capaz de entrever lo que pasaba por su cabeza. Posiblemente, en algún tiempo pasado fuera la chica más deseada de su promoción, de esas que por convertirse en mito se vuelven inalcanzables para el más común de los mortales. De esas que por vergüenza nunca son invitadas a bailar y su belleza se convierte en su tristeza, mujeres que pasan desapercibidas por exceso y no por ningún defecto, aunque el resultado siempre sea el mismo.
Su vida transcurría de forma monótona, entre semana desempeñaba de forma responsable su trabajo. El día empezaba con júbilo, pero cuando se acercaba la hora de finalizar, el hecho de volver de nuevo a casa de sus padres y enfrentarse a sus fantasmas le atormenta por momentos. Con su sueldo se permitía eventuales caprichos, como ir de compras, adquirir algún best seller o un disco compacto de los que más suenan en la radio. Con el resto del sueldo afrontaba el pago de la hipoteca de un piso, el cual nunca pisaba porque confesaba encontrarse sola en él. Los fines de semana los dedicaba a sus amigas, la mayoría casadas. Quedaban para tomar café y contarse los pormenores de la semana, aunque siempre terminaban hablando de los sinsabores del matrimonio. Los sábados por la noche, salía a divertirse con las únicas dos amigas separadas que tenía. Solían cenar en sitios caros, con glamour, esperando que algún divorciado adinerado le hiciera protagonista aunque fuera por una sola noche del sueño que siempre anheló.
Así es Marina, viviendo su vida como aquel que vio su tren escapar y no sabe cómo alcanzar su destino. Como aquella princesa de aquel cuento, que entró en letargo por culpa del veneno escondido en su propia belleza y que ningún príncipe se atrevió a despertar.
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