Historias
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Por suerte, todavía perdura la sana costumbre de leer libros en el autobús, me gusta averiguar el título con disimulo, para saber si es una novedad de las que pronto pasarán de moda o un clásico de los que dejan buen sabor de boca.
Sin ir más lejos ayer se sentó enfrente una mujer de unos cuarenta años, vestía un abrigo gris con grandes bolsillos, un jersey verde y unos pantalones vaqueros, blanquecinos por el uso, que debajo de las rodillas se embutían en el interior de unas botas de caña alta de cuero marrón a juego con el cinturón y el bolso. Era una mujer atractiva, que despedía intelectualidad en cada movimiento. Parecía que esperara a alguien, subió hablando por el móvil y buscó un asiento doble que no estuviera ocupado. Rápidamente dejó el bolso en el asiento de su lado izquierdo, como si quisiera impedir que, de todos los sitios libres, optaran por el de su lado para sentarse. Del bolso sacó una novela, muy envejecida, posiblemente la estuviera releyendo. Me costó distinguir el título, pero en el último estirón de cuello pude ver escrito en la parte superior de la hoja que se trataba de ¿Ama a Brahms? Una novela de Françoise Sagan. Era una edición francesa y a juzgar por su aspecto debía ser de las primeras. Quise imaginar que la mujer que se hallaba sentada delante de mi era una creativa pero solitaria emprendedora, como lo fuera la autora de la novela. Descubrí que no llevaba alianza y la hipótesis ganó fuerza. Pero de repente cerró el libro, marcando el lugar en el que sabía quedado con una tarjeta de color verde que hacía propaganda de una tienda naturista. Cuando el autobús realizó la parada la mujer se incorporó y saludó efusivamente a un hombre que subía en ese momento, una vez pagó el importe del billete se acercó con una sonrisa bonachona hacia el asiento que aquella mujer había dispuesto para él. El hombre llevaba puestos unos pantalones de pana de color verde oscuro y una americana de pata de gallo en tonos marrones con coderas y muy desgastada, debajo de la cual asomaba el cuello mal planchado de una camisa color beige, tendría unos cuarenta y cinco años, pelo cano con aspecto desaliñado y bigote espeso.
La peculiar pareja inició una conversación muy relajada después de un dulce beso en la mejilla. Por lo que pude oír él era profesor en la Universidad de Filosofía y ella profesora de intercambio, hablaba con marcado acento francés pero denotaba una gran destreza a la hora de utilizar el lenguaje, posiblemente llevara aquí un par de meses. Y posiblemente se conocieran en la universidad, posiblemente cruzaran sus miradas por los pasillos hasta que él se decidió a dar el paso e invitarle un día a cenar. Posiblemente fueron a cenar a un restaurante del centro de Valencia, no sin antes deleitarse con un paseo por aquel laberinto de callejuelas que llaman ‘ciutat vella’ y mostrarle entre otras cosas la casa de Mariano Benlliure, ilustre pintor valenciano. Durante la cena hablarían de literatura, cine, pintura y como no, de filosofía. Él intentaría mostrarse lo más complaciente posible llenando la copa de vino a cada sorbo para que el violento momento de invitarle a su casa a tomar una copa se hiciera más llevadero. Y posiblemente ambos terminaran en casa de nuestro profesor, abriendo una nueva botella de vino porque a ella no le gusta mezclar cuando bebe y posiblemente ella fue quien, después de apurar la última gota de la botella, empezó a desabrocharle cuidadosamente la camisa , intentado hacerle las cosas más sencillas porque, seguramente, él ya se había olvidado de cómo manejar ciertas situaciones.[...]
Sin ir más lejos ayer se sentó enfrente una mujer de unos cuarenta años, vestía un abrigo gris con grandes bolsillos, un jersey verde y unos pantalones vaqueros, blanquecinos por el uso, que debajo de las rodillas se embutían en el interior de unas botas de caña alta de cuero marrón a juego con el cinturón y el bolso. Era una mujer atractiva, que despedía intelectualidad en cada movimiento. Parecía que esperara a alguien, subió hablando por el móvil y buscó un asiento doble que no estuviera ocupado. Rápidamente dejó el bolso en el asiento de su lado izquierdo, como si quisiera impedir que, de todos los sitios libres, optaran por el de su lado para sentarse. Del bolso sacó una novela, muy envejecida, posiblemente la estuviera releyendo. Me costó distinguir el título, pero en el último estirón de cuello pude ver escrito en la parte superior de la hoja que se trataba de ¿Ama a Brahms? Una novela de Françoise Sagan. Era una edición francesa y a juzgar por su aspecto debía ser de las primeras. Quise imaginar que la mujer que se hallaba sentada delante de mi era una creativa pero solitaria emprendedora, como lo fuera la autora de la novela. Descubrí que no llevaba alianza y la hipótesis ganó fuerza. Pero de repente cerró el libro, marcando el lugar en el que sabía quedado con una tarjeta de color verde que hacía propaganda de una tienda naturista. Cuando el autobús realizó la parada la mujer se incorporó y saludó efusivamente a un hombre que subía en ese momento, una vez pagó el importe del billete se acercó con una sonrisa bonachona hacia el asiento que aquella mujer había dispuesto para él. El hombre llevaba puestos unos pantalones de pana de color verde oscuro y una americana de pata de gallo en tonos marrones con coderas y muy desgastada, debajo de la cual asomaba el cuello mal planchado de una camisa color beige, tendría unos cuarenta y cinco años, pelo cano con aspecto desaliñado y bigote espeso.
La peculiar pareja inició una conversación muy relajada después de un dulce beso en la mejilla. Por lo que pude oír él era profesor en la Universidad de Filosofía y ella profesora de intercambio, hablaba con marcado acento francés pero denotaba una gran destreza a la hora de utilizar el lenguaje, posiblemente llevara aquí un par de meses. Y posiblemente se conocieran en la universidad, posiblemente cruzaran sus miradas por los pasillos hasta que él se decidió a dar el paso e invitarle un día a cenar. Posiblemente fueron a cenar a un restaurante del centro de Valencia, no sin antes deleitarse con un paseo por aquel laberinto de callejuelas que llaman ‘ciutat vella’ y mostrarle entre otras cosas la casa de Mariano Benlliure, ilustre pintor valenciano. Durante la cena hablarían de literatura, cine, pintura y como no, de filosofía. Él intentaría mostrarse lo más complaciente posible llenando la copa de vino a cada sorbo para que el violento momento de invitarle a su casa a tomar una copa se hiciera más llevadero. Y posiblemente ambos terminaran en casa de nuestro profesor, abriendo una nueva botella de vino porque a ella no le gusta mezclar cuando bebe y posiblemente ella fue quien, después de apurar la última gota de la botella, empezó a desabrocharle cuidadosamente la camisa , intentado hacerle las cosas más sencillas porque, seguramente, él ya se había olvidado de cómo manejar ciertas situaciones.[...]
5 comentarios:
Qué relato... No me importaría leer el antes y el después. Tiene estilo.
Me ha gustado. Mucho. :) Sobre todo el último párrafo.
Lo escribí hace tiempo, y sinceramente es muy mejorable, pero eran mis primeros pinitos. Me alegro de que os haya gustado.
Me encanta tu historia de autobús ;)
Bu! enas Jac.. me alegra verte por aquí :)
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